Un coach forma pero no es un formador, un coach enseña pero no es un profesor, un coach es una pieza indispensable y transversal para la vida personal y profesional de muchas personas, una pieza que las ayuda a alcanzar las máximas cotas de éxito y los máximos logros por sí mismas.

Una buena formación de coaching no tiene como objetivo enseñar en el estricto y clásico sentido de la palabra, tampoco tiene como objetivo formar, si por formar entendemos como algo vinculado al conocimiento típico del mundo educativo, por contra lo que si pretende una buena formación de coaching es acompañar a la persona que se pone en manos del coach para que la misma descubra todo su potencial, lo despliegue y aprenda a poner en valor para lograr todos los objetivos que se plantea.
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Y es en este punto donde encontramos la gran virtud del coaching: en el acompañar a través de una metodología y unos procesos determinados en “desencallar”, en “hacer visibles” y saber utilizar aquellos resortes, aquellas potencialidades que toda persona lleva dentro y que no siempre es capaz por sí misma de sacar.

Pero las virtudes del coaching no terminan simplemente en ser una palanca para que afloren recursos escondidos y los mismos sean puestos en valor, pues el buen coaching no termina simplemente con ese alumbramiento, redescubrimiento y en ocasiones descubrimiento pleno, el buen coaching tiene la virtud de acompañar más allá de todo ello y acompañar a la persona en todo el proceso hasta el completo fin de sus objetivos.

Cabe destacar además de todo lo anterior que el coaching es un elemento también muy importante para aquellas personas que tanto a nivel personal como profesional puede que no necesiten ese descubrimiento interior y puesta en valor del mismo, sino también para aquellas que aún y cuando sientan que su camino es completo y correcto, se encuentren encallados de algún modo o necesiten realizar un cambio, reorientación o reenfoque de cualquier tipo.